Existe una fecha ampliamente aceptada como la gran ruptura del siglo XX: septiembre de 1939. Según este relato, la irrupción de Hitler en Europa habría destruido un mundo que vivía en una paz frágil, pero reconocible. Sin embargo, esa interpretación es, como mínimo, engañosa. La guerra no estalló de repente: llevaba años incubándose, en forma de violencia política normalizada, de conflictos sin declarar y de sociedades que habían aprendido a convivir con el uso sistemático de la fuerza.
La insistencia en fijar un inicio claro cumple una función precisa. Permite pensar en la violencia extrema como una anomalía histórica, un paréntesis provocado por unos pocos actores identificables, y no como el resultado de procesos más largos y profundos. Al reducir la guerra a una fecha y a unos nombres, se oculta algo más incómodo: que amplias capas de las sociedades europeas y asiáticas ya habían aceptado la violencia como un instrumento legítimo de acción política mucho antes de que comenzaran las declaraciones formales de guerra y la movilización masiva de recursos y personas.
Tras la Primera Guerra Mundial no llegó una verdadera pacificación. Llegó una tregua inestable, una paz más formal que real. En gran parte de Europa, pero también fuera de ella, la violencia dejó de ser una excepción y pasó a convertirse en un método político legítimo. La violencia no solo enfrentó a proyectos políticos opuestos, sino que se convirtió en una forma de disciplinar sociedades profundamente polarizadas, donde el adversario dejó de ser un rival y pasó a ser percibido como una amenaza existencial. A ese clima contribuyó también la retirada de Estados Unidos de cualquier papel activo en la gestión del orden internacional, un repliegue que dejó a las potencias europeas solas frente a conflictos que ya no sabían contener. Grupos armados, milicias partidistas y fuerzas de seguridad actuaban en un espacio ambiguo donde la frontera entre orden y terror se desdibujaba. Como ha señalado George L. Mosse, la brutalización de la política fue uno de los legados más duraderos de la guerra total: millones de hombres regresaron a la vida civil habiendo aprendido que la violencia organizada no solo era eficaz, sino también moralmente justificable.
Italia es un ejemplo temprano y revelador. Pese a figurar entre las potencias vencedoras, el país salió de la guerra con una sensación extendida de humillación, expectativas frustradas y un Estado incapaz de canalizar el conflicto social. Antes de cualquier toma formal del poder, la violencia ya era un instrumento cotidiano: escuadras armadas, intimidación, asesinatos selectivos y una connivencia institucional que fue menos pasividad que tolerancia activa. El Estado no fue derrotado por la fuerza; fue corroído desde dentro por la aceptación tácita de la violencia como herramienta política. El fascismo no surgió como un accidente, sino como una solución ofrecida a una sociedad que llevaba años habituándose al conflicto permanente.
En Alemania, el colapso del orden imperial dio paso a una guerra civil larvada. Levantamientos, represión paramilitar y asesinatos políticos marcaron la vida cotidiana. La República de Weimar nació ya condicionada por ese entorno: no fracasó solo por razones económicas o constitucionales, sino porque nunca logró deslegitimar la violencia como forma legítima de acción política. Como ha mostrado Detlev Peukert, la democracia weimariana convivió desde el principio con fuerzas que no creían en ella, pero sí en la fuerza.
Este patrón no fue exclusivamente europeo. En Asia oriental, el periodo de entreguerras fue igualmente un tiempo de violencia prolongada sin un marco formal de guerra. En Japón, la expansión imperial se articuló a través de ocupaciones, incidentes fabricados y golpes de mano militares que permitieron extender el control sobre territorios como Corea o Manchuria sin asumir abiertamente el estado de guerra. Sectores del ejército actuaban con una autonomía creciente respecto al poder civil, mientras la violencia interna y externa se alimentaban mutuamente, preparando el terreno para una guerra total en el continente asiático.
China, por su parte, vivió una sucesión casi ininterrumpida de conflictos. La fragmentación del poder, la lucha entre facciones, la guerra civil y la expansión japonesa se superpusieron hasta formar un estado de violencia permanente. Para amplias capas de la población, los años previos a la guerra mundial no representaron un tránsito de la paz a la guerra, sino la prolongación de un conflicto que nunca llegó a reconocerse como excepcional. Como subraya Rana Mitter, la experiencia china cuestiona radicalmente la idea de un inicio claro de la Segunda Guerra Mundial.
Incluso en las potencias coloniales, esa misma lógica de violencia se desplazó hacia la periferia. La represión en colonias asiáticas y africanas funcionó como un laboratorio donde se ensayaron métodos de control, castigo colectivo y guerra irregular. Estas prácticas no desaparecieron tras 1945; se reciclaron y regresaron a las metrópolis en forma de doctrinas de seguridad, aparatos represivos y una cultura política que aceptaba la excepción como norma.
La clave, por tanto, no es buscar una fecha de inicio, sino entender un proceso. Los años veinte no fueron un paréntesis entre dos guerras, sino el periodo en el que se aprendió, desde arriba y desde abajo, a hacer política sin reglas claras, a tolerar la violencia y a considerar al enemigo como un elemento a eliminar más que a integrar. Cuando llegó 1939, muchas sociedades ya estaban mentalmente preparadas para la guerra; lo único que cambió fue la escala y la visibilidad del conflicto.
Fuentes y lecturas recomendadas
George L. Mosse, De la guerra al mito. La experiencia de combate y la identidad nacional.
Un análisis clásico sobre cómo la Primera Guerra Mundial transformó la cultura política europea y normalizó la violencia.
Mark Mazower, Europa negra.
Explora cómo el continente se deslizó hacia soluciones autoritarias y violentas mucho antes de 1939.
Detlev J. K. Peukert, La República de Weimar. La crisis de la modernidad clásica.
Esencial para comprender por qué la democracia alemana nació condicionada por una violencia política estructural.
Rana Mitter, China’s War with Japan, 1937–1945.
Una obra clave para entender Asia oriental como un escenario central y continuo de la guerra del siglo XX, no como un teatro secundario.
Adam Tooze, El diluvio.
Ofrece una visión global del periodo posterior a la Primera Guerra Mundial, mostrando cómo economía, poder y violencia se entrelazaron desde muy temprano.
